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La Taza. Capítulo I

La Taza. Capítulo I Ricardito Peláez se levantó una mañana más a eso de las diez. El sol brillaba ya por lo alto de los edificios. Como de costumbre se afeitó, se aseó, se hizo el lavado del gato, se puso un batín, costroso y encarnado, y se dispuso a desayunar. Con el pan duro de la cena de anoche se hizo un par de tostadas, duras y resecas, muy quemadas, a las que puso sobrasada ligeramente pasada de fecha. En las noticias de la radio constitución europea hasta en la sopa. Como ya se había acabado el café que preparó hace ya tres días, encendió la hornilla y puso la cafetera, que era para ocho personas, en la lumbre. Es curioso que tuviera una cafetera tan grande, pues a su minúsculo apartamento no iba nunca nadie desde que Frasquito murió hacía ya algunos meses. Cuando se dispuso a beber el líquido, aguado y con tonalidades pardas que había perpetrado, algo extraño pasó y es que por primera vez en su vida encontró bueno el café que había preparado. No le dio demasiada importancia. Pero cuando acabó la tercera taza…

- Ricardo, Ricardo…-escuchó perplejo desde el fondo de la tacita.-
- ¿Quién hay ahí? ¿Quién me llama a estas horas de la mañana? Preguntó mientras miraba detrás de las cortinas y en los cajones. Se sentía muy asustado y realmente tonto.

No comprendía lo que sucedía a su alrededor.

- Aquí, hijo mío, en la taza.

Ricardo miró dentro de la taza y solo vio los posos del café cristalizados por el azúcar. Pero, ¡un momento!, si te fijabas bien, se perfilaba una cara, que cada vez se hacía más nítida. Unos ojos inquisitivos y vivos empezaban a perfilarse, una boca, una gran nariz y una barba larga y tupida. Y además esos ojos lo miraban fijamente.

- Ricardo, yo soy tu padre.

Nuestro asombrado amigo creyó ser como Luke Skywalker por un segundo.

- Ho..Hola papá…

Su padre vivía en Burgo de Osma, era gordo, calvo, gafas de culo de botella y tenía una voz tan chillona que parecía que estaban matando un cerdo cuando hablaba. Nada que ver con la bonita voz como de Constantino Romero que se gastaba el que le había saludado.

- No, Ricardo, no soy tu padre, ese pecador, yo soy tu padre celestial, soy Jesús.
- ¿Cómo que Jesús? mi padre se llama Marciano.

Es una escena realmente ridícula, se dijo Ricardo para sus adentros, estaba en pijama, hablando con una taza que decía que era su padre y con Luis del Olmo como fondo parloteando sobre la constitución europea de las narices.

- Ya te he dicho que no soy tu padre carnal, Ricardo, que soy la luz que ilumina el mundo, el cordero de Dios, el que salvó al endemoniado de Cafarnaum…
- No me entero… ¿entonces donde está mi padre?
- Tu padre de verdad está en Soria, yo soy Jesucristo, hijo encarnado de Dios Padre, uno y trino.
- ¡Ah! Que lo de padre era una metáfora o algo.

No sabemos lo que la omnisciente mente de Jesús pensó en ese momento. Ricardo sospechaba que el anisete que se bebió anoche viendo a la Paula Vázquez en Antena Tres le estaba jugando una mala pasada.

- Hijo, ¿tú eres tonto? Escúchame bien.
- ¿Qué? Te oigo.
- El Apocalipsis descrito por Juan se acerca, y aquellos que en mi nombre hicieron canalladas de todo tipo merecen que el hombre, y después Dios, los castiguemos por el mal que han hecho en el mundo. Tú te ocuparás de lo terrenal y yo en el Día del Juicio Final los condenaré a la vida eterna en las calderas de Pedro Botero.

- Pero, ¿a que te refieres? ¿A los testigos de Jehová o a los moros?

Ricardo miraba con cara de idiota al interior de la taza e intentaba saber.

- No, me refiero a los que basaron su imperio maligno sobre mis enseñanzas. Aquellos que usurparon mi nombre en vano.
- ¡Ah, ya! Los austrohúngaros y esa gente, ¿no?
- ¿Pero que dices, insensato?
- Los del imperio ese, los austrohúngaros. Eran muy malos, ¿no? Hitler y Mussolini y el chino aquel del Japón, que también era del Imperio del Sol Durmiente ese.
- No, eso no tiene nada que ver, me estoy refiriendo a la Iglesia, al Vaticano, a los sacerdotes, a los obispos, ¡al Papa!
- ¡Ah! Bueno, haber empezado por ahí. ¿Y yo, tengo qué hacer algo?

Ricardo le seguía la corriente a la taza vaya que le hiciese algo. Si alguien es capaz de hacer que una taza hablara tenía que ser muy poderoso. Ricardo jamás había pensado ni un instante en sus creencias religiosas. Estaba bautizado, hizo la primera comunión vestido de guardia civil, pero a eso de la confirmación ya no se apuntó por que no le hacían gracia las monjas y las tías que daban catequesis les parecían muy pavas. Siempre con la guitarrita y tal y cual. Feas, con gafas. Y desde ahí nunca se había preocupado por esas cosas. Creía en los fantasmas, en las psicofonías, en las cosas de la parapsicología en general que escuchaba en la radio por las noches, cuando vigilaba la obra donde trabajaba de guardia jurado. Ahora estaba en el paro, por que unos gitanos habían extorsionado a la empresa para que fueran ellos los vigilantes, pero iba de vez en cuando a echar una vistazo por allí, con su compañero Francisco Carretero, Frasquito, al que una noche los gitanos azuzaron un doverman hambriento. Y así se cargaron al pobre Frasquito.

- Tú has de castigar a las personas malas y sus templos. Sus imágenes y sus cepillos. No han de quedar cuando venga yo en cuerpo material para la salvación de los hombres. Han de ser purificados con el fuego salvador y con la palabra. Sal ahí fuera y predica mi enseñanza. Destruid todo lo impuro, todo lo idólatra. Iglesias, personas, monjas, banqueros, todo, destruye todo, todo… todo… todo…
- Se hará según tu palabra. Ricardo no sabe muy bien por que dijo eso, lo había escuchado en un Belén viviente un día y se acordó y le pareció propicio para el trascendental momento.
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